dimecres, 31 de gener de 2018

¿Por qué hay gente que nos da ‘mala espina’ sin conocerla?


Mucho se ha hablado de los flechazos o del 'amor a primera vista', pero menos del fenómeno contrario. ¿Cómo se explica eso de conocer a alguien y no tragarlo de buenas a primeras?



Existen ciertas personas cuyos actos, ideología o aspecto provocan un rechazo unánime (o al menos mayoritario), aunque no las conozcamos. En estos casos, su sola imagen puede generar un sentimiento de repulsa que, de algún modo, somos capaces de entender. Pero hay ocasiones en las que alguien se nos atraviesa y no podemos encontrar las razones. No se trata de que sea repulsivo: seguramente caerá estupendamente a otras muchas personas; no a nosotros. En estos casos en los que el sentimiento propio no se corresponde con la tónica general, nos preguntamos ¿qué provoca que las personas nos caigan bien o mal a primera vista?

Según José Manuel Sánchez Sanz, director del Centro de Estudios del Coaching, este chispazo negativo funciona como “un mecanismo de supervivencia que nos pone en alerta ante circunstancias que nuestro cerebro tiene catalogadas como peligrosas o amenazadoras”. Aunque existen situaciones u objetos universales que generan repudio, cada uno de nosotros tiene su propio catálogo personal de aversiones más o menos conscientes: “El rechazo será nuestra respuesta corporal ante situaciones desagradables o inquietantes”. Con la sensación de mala espina sobre alguien, “procuraremos ahorrarnos un daño físico o psicológico posterior”.

A nivel fisiológico, aludiendo a la teoría del considerado el padre de la inteligencia emocional, Daniel Goleman, la reacción natural de alerta surgirá en la amígdala, “una región del cerebro responsable en gran medida de los juicios rápidos que emitimos acerca de las personas”, explica Sandra Burgos, de 30 k Coaching: “Cualquier emoción que nos lleve a comportamientos viscerales está siendo gestionada directamente por esta glándula, así que la respuesta automática no es racional, sino espontánea e instintiva”.

¿A quién me recuerda?

“Hay personas que sienten antipatía por los jefes; y hay quién tiene manía a las personas rubias o altas, a los jóvenes o a los que siempre sonríen. La lista es infinita”, según palabras de Sánchez Sanz. Pero, ¿por qué alguien sobre el que no tenemos la más mínima información nos parece una amenaza? “A menudo se tratará de señales que la otra persona emite y que evocan en nosotros recuerdos de experiencias pasadas o personas desagradables con las que nos hemos cruzado en otro momento de nuestras vidas”. Así, un rasgo facial, un olor, un timbre de voz, o incluso una coletilla al hablar, bastarían para hacer reaccionar a esta glándula y disparar esas alertas. El recorrido vital de cada uno determinaría, entonces, qué estereotipos leemos en una u otra dirección.

Uno de los detonantes más claros de la evocación es el olor. Este sentido, según Teresa Baró, experta en comunicación no verbal, es uno de los sentidos más desarrollados pero menos tenidos en cuenta a la hora de analizar su influencia en nuestro comportamiento: “Es una vía de comunicación por la que generamos sensaciones agradables o desagradables”.

Nos delata lo que rechazamos

Otro condicionante subjetivo es que las características visibles de esa persona que nos resulta hostil sean las que rechazamos de nosotros mismos: “Buena parte de lo que evitamos enérgicamente en el otro tiene que ver con aspectos de nosotros mismos que no nos gustan, aunque no lo queramos reconocer”, revela Sánchez Sanz, director del Centro de Estudios del coaching. Si esto pasa incluso sin estar muy seguros de que esos rasgos odiados están presentes o no en esa persona, podría explicarlo una investigación de la Universidad de Wake Forest (Estados Unidos), que asegura que el ser humano tiende a proyectar en los demás algunos de los rasgos de su personalidad.

Así que, quizá, la próxima vez que no soporte a alguien a primera vista, reflexione sobre qué parte de usted haría bien en cambiar. “Las personas con autocontrol no dejan que la amígdala les domine, ni ante la presencia de una persona cuyas señales corporales, verbales o estéticas les produzcan rechazo de forma automática”.

Lo que nos transmiten sin hablar
Pero más allá de los juicios iniciales ligados a la experiencia subjetiva, para algunos expertos existen características personales (algunas modificables y otras no), que pueden inclinar la balanza hacia el rechazo o la atracción de los desconocidos. Autores como Paul Ekman, psicólogo pionero en la investigación de las emociones y de su manifestación en el rostro, consideran determinante el lenguaje corporal: “Incluso cuando no decimos nada verbalmente, seguimos comunicando, y podemos emitir señales no verbales que generen rechazo en los demás”, recuerda Burgos. Los estudiosos encuentran algunas posturas susceptibles de generar mala impresión en los demás. Por ejemplo, “aquellas indicadoras de una actitud distante o poco afable, cruzando brazos o piernas en dirección contraria al lugar donde nos encontramos”, relaciona la directora de 30k Coaching. La presencia de microexpresiones faciales de ira o desprecio actuarán como revulsivos naturales, justo lo contrario que sucedería con una expresión amable o de amistad.

Otro elemento a tener en cuenta es si se desentona o se está en consonancia con el ambiente. Para Álvaro y Víctor Gordoa, directores del centro universitario Imagen Pública, en México, “una imagen que desentone con la que se espera de nosotros en una situación dada, podría generar rechazo, al estar violando la norma implícita del evento o situación”.

Fuente: El País

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Carmen Gómez Jácome
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dilluns, 29 de gener de 2018

Ayudar


Sabemos ayudar a los demás correctamente? 

Juan sólo tenía seis años y quería tener un reloj de pulsera. Cuando se lo regalaron por fin, en Navidad, estaba impaciente por enseñarselo a su mejor amigo, José. La madre de Juan le dió permiso, y cuando su hijo salió de casa le hizo esta advertencia:

-Juan, ahora llevas tu reloj nuevo, y sabes leer la hora. De aquí a casa de José llegas andando en dos minutos; así que no tienes excusa para llegar tarde a casa. Vuelve antes de las seis para merendar.

-Sí, mamá -dijo Juan mientras salía corriedo por la puerta.

Dieron las seis, y ni rastro de Juan. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se irritó. A las seis y media seguía sin aparecer, y se enfadó. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando se disponía salir a buscar a su hijo, se abrió despacio la puerta de la calle. Juan entró en silencio.

-¡Ay, Juan! -le riñó su madre-. ¿Cómo has podido ser tan desconsiderado?¿No sabías que yo me iba a preocupar?¿Dónde te has metido?
- He estado ayudando a José... -empezó a decir Juan.

-¿Ayudando a José?, ¿a qué? -le gritó su madre.

El pequeño empezó a explicarse otra vez:

-A José le han regalado una bicicleta nueva por Navidad, pero se cayó de la acera y se rompió y...
-¡Ay Juan! -le interrumpió su madre-, ¿qué sabe de arreglar bicicletas un niño de seis años? Por Dios, tú....

Esta vez fue Juan quien interrumpió a su madre.

- No mamá. No quise ayudarle a arreglarla. Me senté a su lado y le ayudé a llorar...




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dimecres, 24 de gener de 2018

Lo que le puede pasar a tu hijo de mayor si no aprende a gestionar la frustración


Los niños que no toleran las desilusiones pueden convertirse en adultos "emocionalmente discapacitados". Así puedes evitarlo 



De forma muy genérica, cuando hablamos de tolerancia a la frustración estamos definiendo la amarga sensación de impotencia, rabia y tristeza por no conseguir aquello que deseábamos. La frustración es una emoción percibida como negativa cuando no se llega a cumplir un proyecto, una ilusión, un deseo.

Los niños, especialmente los más pequeños, tienen conductas que son consideradas por los adultos como egoístas o egocéntricas. Y, efectivamente, así es, sin embargo, es necesario quitarle a esa forma de comportarse la connotación social o el juicio peyorativo que nosotros ponemos. Este forma parte del desarrollo normal del ser humano que va alcanzando progresivamente mayores niveles de madurez neurológica, tanto a nivel motriz como intelectual o cognitivo. Entre los tres y los seis años, los niños se consideran el centro del mundo, los demás no existen. A esta edad la capacidad empática es aún un proceso muy precario e indefinido y no es hasta los seis años cuando se inicia la etapa de la empatía cognoscitiva o la capacidad de ver las cosas desde la perspectiva del otro, que alcanzará su madurez definitiva en torno a los 10-12 años con la empatía abstracta o social.

Saber esto ayuda a entender la razón por la cual los niños pequeños se comportan de forma narcisista. Ahora bien, de la misma forma que nacemos programados para el lenguaje, pero necesitamos del entorno para producirlo, también necesitamos aprender a ser empáticos y a tolerar la frustración con ayuda de los demás. Con especial protagonismo de los padres que son los referentes fundamentales en edades tempranas.

En este sentido, resulta frecuente ver cómo hay una polarización en la forma de gestionar esta habilidad en los niños. Todos conocemos padres que opinan que a los niños se les debe evitar cualquier frustración, pues ya la vida se encargará de “hacerles sufrir”. También están los del lado opuesto que tienden a frustrar de forma intencional al niño en la creencia de que eso “confiere carácter” y así aprenderán a enfrentar la vida que es muy dura.

Es decir, infraprotección frente a sobreprotección.

En ese continuo habitamos la mayoría de padres, más cerca de uno u otro polo, dependiendo de la situación, del carácter del niño, de la forma en que fuimos educados, de nuestro estado de ánimo en ese momento, cansancio, etc. Es decir, sin una línea consistente de actuación en algo tan básico como es ayudar a nuestros hijos a manejar una de las habilidades emocionales más predictoras de éxito o de fracaso vital.

Algunos de los comportamientos típicos de niños que no han aprendido a gestionar la frustración son:
  • Agresividad: reaccionan de forma agresiva o con rabietas cuando sienten frustración. 
  • Abandono de la tarea, no persisten. 
  • Impaciencia e impulsividad. 
  • Búsqueda de refuerzo o gratificación inmediata. 
  • Demandan de forma exigente. 
  • Pensamiento polar o radical, poca flexibilidad. 
  • Intolerancia al error o al fracaso. 
  • Dificultad para adaptarse a los cambios. 
  • Ansiedad. 
  • Inseguridad. 
La vida frustra. Por ello es imprescindible tolerar la frustración y eso se aprende. Hay niños con tendencias de personalidad que estarán más predispuestos y otros más resistentes, pero esta es una aptitud, una habilidad que como tantas otras necesita modelaje y herramientas para ser incorporada.

No ser capaces de tolerar la frustración nos convertirá en adultos emocionalmente discapacitados, ineptos vitales. La vida va a traer frustraciones sí o sí, no siempre nos va a dar aquello que deseábamos incluso esforzándonos mucho. Esto es una realidad y no preparar a nuestros hijos para ello es debilitarles, es dejarles sin recursos de afrontamiento.

Y no se trata de forzar artificialmente las situaciones que producen frustración, ya que eso es innecesario, contraproducente y, en mi opinión, también algo sádico. Pero tampoco debemos evitarlas ni mucho menos, compensarlas. Se trata de aprovechar las frustraciones cotidianas, inherentes al hecho de vivir, como preciosas oportunidades de aprendizaje que, sin ellas, no podríamos hacer.

Nuestro papel como padres y educadores debe ser el del acompañamiento emocional en momentos donde la frustración aparece y duele, reconociendo y validando la emoción primero y ayudando a generar soluciones alternativas después. Pero debe ser el propio niño quien, sintiéndose comprendido y contenido, sea capaz de generar una solución alternativa. No debemos compensar nosotros lo que falló ya que evitaremos al niño la posibilidad de trabajar aptitudes esenciales como la paciencia, la aceptación, la solución de problemas, la demora del refuerzo y la creatividad.

Algunas ideas para ayudar a nuestros hijos a gestionar la frustración:
Deja que haga aquello que puede hacer, aunque lo haga despacio y mal. Aunque se equivoque o no lo haga de la forma en que tú lo harías. Con ello estás capacitándole para vivir el error como algo positivo que nos indica cómo no hacer las cosas (luego es un camino, un faro) y estás desarrollando en él la percepción de logro y competencia personal, ambas pilares de una autoestima sólida y resistente a los reveses.
No compenses el error haciéndolo tú. Deja que lo vuelva a intentar e invítale a encontrar por sí mismo nuevas rutas para resolverlo. Permanece a su lado, tu papel es ofrecer contención y seguridad para que él encuentre su forma de hacer las cosas.
Sé referente. Los niños aprenden, sobre todo, por modelaje y nosotros somos los modelos a través de los cuales filtran la realidad y aprenden a estar en el mundo. Si tú vives el error como algo negativo, si abandonas la tarea cuando te frustras, si vives un revés cotidiano de forma agresiva, estás siendo incoherente con lo que pretendes transmitir. Revisa tu forma de afrontar el fracaso, la frustración y el error. Para educar hay que reeducarse.
No dejes que se enfrente a aquello para lo que aún no está listo. Hay situaciones que requieren la intervención de un adulto.
Ayúdale a canalizar la frustración de forma constructiva: es necesario que aprenda a identificarla, nombrarla y después encontrar una manera de desactivar la agresividad que pueda generar: sencillas técnicas de respiración diafragmática, el ejercicio físico intenso (correr, saltar, gritar…).
No minimices ni anules el llanto. Llorar es una respuesta necesaria, positiva y posterior a la agresividad que genera la frustración, por tanto, es un paso previo para neutralizar la impotencia y sentirnos más preparados para el aprendizaje posterior.
Sé empático de verdad. Escucha sus razones y trata de que hable sobre todo de emociones, de cómo se siente. Hablar de ello, es el principio de la aceptación y, por tanto, de empezar a encontrar sus propias maneras de resolverlo. Contar un suceso parecido que te ocurrió a ti cuando eras pequeño, suele ser percibido por el niño como que estás entendiendo realmente su situación dado que la viviste y en ese saberse comprendido hay un enorme camino recorrido.
La persistencia en la tarea no tiene que ser seguida ni insistente. Si el niño está intentando algo que no consigue y se frustra, puede ser bueno cambiar de actividad y volver a ello más tarde, cuando el ánimo haya cambiado. Negócialo con él previamente.
Dale la ayuda justa y cuando la pida. Es importante que aprendan también a pedir ayuda cuando sientan que la necesitan, pero no des más de lo que es necesario, dale solo aquello que le permita seguir por sí mismo. Los padres tendemos a hacerlo por ellos en la creencia de que les estamos ayudando, pero es una ayuda cortoplacista y que parchea una situación concreta en lugar de generar recursos adaptativos de personalidad a largo plazo.

En definitiva, no te preocupes demasiado por cuánto puedes hacer por tus hijos, sino por cuánto pueden hacer por sí mismos y cuánta solidez vital han construido, gracias a cómo fueron educados

Fuente: El País

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