dimecres, 19 de setembre de 2012

Lo tuyo es psicológico

Escrito por Cecilia Martino.
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Siempre hay alguien que opina. Todos aquellos que dotados de buena voluntad, y al tener además baja tolerancia al silencio, un día te largan: lo tuyo es psicológico.
  • ¿Vos decís? ¿Qué significa que es psicológico?
  • Bueno, que pensás mucho.
  • Ah, ¿y cómo hago?
  • Nada, no pensés
  • Sí, pero ¿cómo hago?
  • Pensá en otra cosa, olvidate.
  • ¿Y cómo hacés para olvidar?
  • Si fuera tan fácil: pienso que no pienso; luego olvido.
El problema de este razonamiento es que tengo que olvidar todo, dado que es prácticamente imposible discriminar un pensamiento conveniente de otro que no lo es.
Los pensamientos son ruidos internos incesantes, a veces como cables pelados, como un engrudo que penetra en la masa encefálica, que por momentos te aclara y por otros, habitualmente, te oscurece. Te retuercen el cerebro. 
El saber popular ha impuesto la idea de que si algo tiene origen psicológico resulta más fácil de curar; que no pensás y asunto resuelto.
En realidad es más complicado, porque todo lo que pienses puede ser usado, y hasta en tu propia contra.
En décadas anteriores se podía recurrir a una lobotomía, pero es una técnica demasiado invasiva con efectos secundarios irreversibles. Se me ocurre algo más ameno, como una cura de sueño. Durante el período de reposo y anulación mental,  alguien se encarga de embarazarte. Puede ser tu marido, un tubo de ensayo, una jeringa – versión inseminación, versión in vitro, versión ovo donación-  a gusto y según billetera.
Mientras tanto no pensás y, patatín patatán, a los 9 meses parís.
Todo fue posible porque anulaste el gran poder de tu pensamiento. Ahí nomás me pregunto, si tanto poder tiene, ¿por qué no lo usamos a nuestro favor? ¿Podemos ser tan retorcidos? Las cosas serían tan simples: un deseo, un pensamiento, un resultado y así.
Pero no, tenemos la puta costumbre de que, aun queriendo algo, lo enredamos.
De todos modos, comienzo el tratamiento psicológico autodidacta cuyo objetivo es suavizar el serrucho del pensamiento y versa de los pasos que a continuación se exponen:  
Paso Uno: búsqueda de estrategias para no pensar
Paso Dos: implementación de estrategia elegida; por ejemplo aprender a  bailar salsa o tango que está de moda; tomar clases de teatro o de inglés, que es de mayor utilidad.
Paso Tres: desconfío del éxito de esta estrategia, presiento que ando de acá para allá como una loca, llena de nuevas actividades.
Paso Cuatro: decido radicalizar la estrategia: pensar lo contrario. Es decir, si pienso que quiero y no quedo, ahora pienso al revés. Me digo que sería un inconveniente tener un hijo. Que mejor espere.
Paso Cinco: tengo una caterva de pensamientos y contra pensamientos; el contrapunto es tremendo, insostenible. Temo convertirme en una esquizofrénica
Paso Seis: me doy el alta en el tratamiento.
Embarcada en esta tarea estéril de pensar en no pensar, reparo en la conveniencia de una opción más  sistematizada: comenzar terapia. Pero cuando en las sesiones hable sobre mi esterilidad, voy a pensar más todavía y entonces el tratamiento podría resultar contraproducente y disparar el efecto rebote.
En realidad lo que me aconsejaron es que no piense nada de nada, ocuparme de otras cosas: comprarme un perro o un loro. Un loro me gusta, como habla mucho le ganaría a mi mente, que estaría todo el tiempo pensando en cómo hacer para callar al loro... pero ves que no puedo anular el pensamiento, ahora mismo estoy pensando que los animales traen enfermedades perniciosas para un hipotético embarazo. Ay dios! esta máquina que no para de pensar, que los gatos pueden contagiar toxoplasmosis y esto es muy peligroso, y que seguramente los loros también, no sé que cosa, algo que termina en osis.
Agotando estrategias para controlar la mente, o al menos distraerla, adopté un verdadero abordaje interdisciplinario. Pasé por: gimnasia modeladora, localizada, aeróbic, acuática, tenis, natación, caminatas.  
Esto fue lo que menos me resultó,  porque todo el tiempo estaba pensando que si quedaba embarazada y hacía movimientos abruptos, podía ser muy peligroso.
Llego a la conclusión de que los pensamientos no pueden ser anulados por propia voluntad, sino que debe recurrirse a la ayuda de un tercero que, por ejemplo, en el momento oportuno nos dé un buen susto o un simple garrotazo.
Yo no fui nunca de esas mujeres que a los veinte soñaban con hijos, la verdad que no. Por el contrario,  fui de esas que sí,  pero bajo ciertas condiciones, en otras tales circunstancias. Primero  buscaba el desarrollo profesional; la pregunta existencial; que si casarme que si no casarme; en fin, tanto pensar pavadas me agarraron dos décadas más dando vueltas. Al final creo que tienen razón: lo mío debe ser psicológico.
Pedí turno con el psicoanalista.



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