divendres, 9 de gener del 2015

Los sacerdotes

Había en Japón dos templos cuyos sacerdotes estaban enemistados desde hacía siglos. Tal era el enfrentamiento entre los dos linajes, que si ambos Maestros se encontraban por la calle, los dos desviaban la mirada. Tenían a su cargo dos jóvenes discípulos que les servían y hacían los recados, a cambio de recibir sus enseñanzas, y temían, que al ser solo unos chiquillos, un día pudieran hacerse amigos al cruzarse en el camino.
De este modo, uno de los sacerdotes previno a su discípulo:
-¡Escúchame bien y recuerda lo que voy decirte!: los monjes del otro templo son nuestros enemigos, no hables con ellos, son gente peligrosa. No te fíes de sus palabras ni de sus actos. Evítalos como si fueran la peste.

Las tajantes palabras del maestro despertaron la curiosidad del muchacho que andaba siempre entre ancianos monjes, escuchando grandes sermones y extrañas escrituras para él ininteligibles. Sin nadie de su edad con quien jugar ni con quien hablar, la advertencia del Maestro se le antojó excitante, y sembró en él la tentación.
Aquel mismo día, el ingenuo monje fue a cruzarse con el joven discípulo del supuesto templo enemigo, y no pudo resistirse a preguntarle:
-¿adónde vas?
El discípulo del monasterio rival, aventajado estudiante de las escrituras y gran entusiasta de la filosofía, le respondió:
-¿ir, dices?. Nadie va ni viene, es sólo algo que ocurre. Sólo hay un vacío total.
Había oído decir muchas veces a su maestro que así es como vive un Buda, como una hoja muerta que va adonde el viento la lleve. Y el joven monje filósofo, añadió:
-yo no existo, y si no hay quien vaya, ¿cómo puedo ir?. Soy como una hoja en manos del viento y voy adonde el viento me lleve...
El pequeño monje, que no sabía filosofar, se quedó tan perplejo ante semejante contestación que no supo qué decir. Sintió vergüenza de su ignorancia, y pensó:
-Mi maestro tenía razón, sí que son peligrosos y raros estos monjes vecinos, vaya manera de responder a una pregunta tan simple. -De hecho, -siguió pensando el monje que no sabía filosofar-, -yo ya sé adónde va este engreído: los dos vamos al mercado. Una respuesta sencilla hubiera sido suficiente.
De regreso en el monasterio, el discípulo abrumado y arrepentido de su comportamiento, le confesó a su maestro:
-Lo siento, maestro, perdonadme. No os hice caso. A pesar de vuestra prohibición, me pudo más el deseo que la obediencia que os debo. Será la primera y la última vez que hablo con esa gente tan peligrosa.
-¡Te lo advertí!, -le reprendió el maestro-, -Sin embargo, mañana volverás a hablar con ese monje, -le dijo con firmeza-. -Le esperarás en el mismo lugar, y le preguntarás de nuevo adónde va. Cuando empiece a divagar, tú le responderás con sus mismas palabras. Le dirás: -Cierto, eres una hoja al viento, yo también lo soy, pero cuando el viento sopla ¿adónde te lleva?. ¿Has comprendido bien?, -preguntó el maestro-. -Haz lo que te digo, y luego ven ante mí y me lo cuentas. Seguro que ese monje no sabrá qué contestar y le habremos derrotado. Esa gente nunca ha podido vencernos en ningún debate, y no lo harán ahora con un simple aprendiz.


Por la mañana, el pequeño monje, que no sabía filosofar, se levantó temprano. Estaba inquieto. No paraba de recrear en su mente cómo se desarrollaría la escena. Repetía una y otra vez lo que debía decirle a su adversario. Llegó al lugar donde se encontrarían, se sentó a esperar y siguió repitiendo sin cesar lo que su maestro le había dicho. Ésta vez estaba preparado y lograría derrotarlo.
Cuando vio venir a su rival, pensó: -ahora verá ese pedante, le voy a dar su merecido. Una vez estuvo cerca, le volvió a preguntar de nuevo:
-¿Adónde vas, monje vecino?. -Esperó su oportunidad para humillarlo, pero fue en vano. El pequeño monje filósofo, contestó sencillamente:
-Voy adónde me lleven las piernas.
Para gran sorpresa del agraviado monje, que no sabía filosofar, no hubo mención sobre el viento, ni palabra sobre el vacío y la existencia, y ni rastro de las hojas muertas. ¿Qué podía hacer ahora?. La respuesta que tan concienzudamente había aprendido de su maestro resultaba absurda, ahora. De nuevo quedó abatido. Se sentía como un tonto atrapado en su propia estupidez. Volvió junto a su maestro y le contó lo sucedido:
-¡Ya te había advertido que no hablaras con ellos. Son peligrosos, lo sabemos desde hace siglos. Pero esto no puede quedar así. De algún modo habrá que derrotarlos. Así que mañana volverás y le preguntarás de nuevo...
Y así, al día siguiente se volvió a repetir la misma escena:
Esta vez el monje filósofo, le respondió amablemente: Voy al mercado a comprar verduras.
Publicado por: Mª José López

Carmen Gómez Jácome
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