dissabte, 27 de setembre de 2014

Cadena de favores

Gustavo regresaba a su casa en su automóvil. Era un día frío, gris y lluvioso y de pronto vio en la carretera a una señora mayor que estaba parada junto a su coche. Inmediatamente se dio cuenta de que necesitaba ayuda. Estacionó su viejo coche delante del Mercedes de la señora y a medida que se acercaba se le hizo más evidente que la señora tenía problemas.

Desde el punto de vista de la mujer, el hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, tal vez podría tratarse de un delincuente, pero en su situación, no tenía demasiadas opciones. Hacía más de una hora que estaba allí y nadie se había detenido para ayudarla, así que, no había nada que hacer, estaba a su merced.

Gustavo era muy humilde y estaba hambriento y algo resfriado, pero pudo percibir en la mujer cierto temor y preocupación. Así que tomo la iniciativa y dijo: Señora, si me lo permite puedo ayudarla, métase dentro de su coche para no seguir mojándose y yo me encargaré de todo. Me llamo Gustavo y gracias a Dios sólo se trata de un neumático pinchado, así que en unos pocos minutos todo estará listo.

Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventanilla y comenzó a conversar con él. Le contó de donde venía; que tan sólo estaba de paso por allí y que no sabía cómo agradecerle. Gustavo sonreía mientras cerraba el baúl del coche y guardaba las herramientas.

Al ver que ya había terminado, la anciana le preguntó cuánto le debía, pensando que cualquier suma sería correcta dadas las circunstancias, y que quizás hubieran pasado cosas terribles de no haber contado con su gentileza.

Pero él no consideraba un trabajo, ayudar a alguien en necesidad. Simplemente era la mejor forma de devolver la ayuda que otros le habían prestado a él en situaciones similares.

Por eso le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo, era ayudando de manera desinteresada la próxima vez que viera a alguien en necesidad y se despidió.

Había sido un día frío y estaba empapado, pero mientras Gustavo conducía su coche hacia casa, sentía calor en su corazón, reconfortado y feliz por haber ayudado a su prójimo.

Unos kilómetros más adelante la señora vio una pequeña cafetería y pensó que antes de continuar el último tramo de su viaje, sería fantástico poder quitarse el frío con una taza de café caliente. Se trataba de un pequeño y viejo local, en el que había una vieja caja registradora muy parecida a las que conocía de su juventud.

Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla para que se secara el cabello, mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa, a pesar de que se notaba que estaba muy cansada por las muchas horas de trabajo.

Además la anciana notó que la camarera estaba embarazada, más o menos de unos ocho meses, pero que a pesar de su situación y cansancio mantenía una agradable y simpática actitud. ¿Cómo es posible que personas que tengan tan poco en la vida, puedan ser tan generosas con desconocidos? Pensó la mujer… y se acordó de Gustavo.

Al terminar su café, pidió a la camarera la cuenta y pagó con un billete de cien euros. Cuando la joven regresó con el cambio, se dio cuenta que la mujer se había ido. Intentó alcanzarla, pero al correr hacia la puerta vio en la mesa un trozo de papel escrito. Al disponerse a leerlo se dio cuenta de que era una nota escrita y que también habían cuatro billetes de cien euros.

Al leer la nota, sus ojos se llenaron de lágrimas: Esto es un regalo para ti, hace muchos años estuve en tu misma situación. Hoy alguien, me ayudó como ahora lo estoy haciendo por ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: «No dejes de ayudar y ser de bendición para otros con amor y desinteresadamente»

Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabía las necesidades que ella y su esposo tenían, los problemas económicos que estaban pasando, y más ahora con la llegada del bebé…?

Era consciente de cuán preocupado estaba su esposo por todo esto.

Acercándose suavemente hacia él, para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente,

le susurró al oído: No te preocupes, todo saldrá bien… te amo Gustavo.

«Cuando ayudar no es un negocio, todos salen ganando»


Carmen Gómez Jácome
 619791539
carmen@terapiesagranollers.com

Terapies a Granollers
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